Acabo de publicar en mi blog taurino una entrevista con el presidente de la plaza de Teruel, César Hidalgo. Policía. Entrevista sincera y comedida pero suficientemente clara. Un policía presidente y aficionado es una autoridad que estorba al taurino. O dimite o lo dimiten. Eso es en Aragón. En Andalucía ya fue.
En esta sociedad humanizada no cabe políticamente hablando un control de autoridad en un negocio lúdico. La policía que tanto dio a la fiesta es defenestrada de los palcos porque los políticos, (no quiero distinguir entre derechas e izquierdas) se dejaron convencer por los taurinos, que veladamente consiguieron lo que querían, autorregularse y encima protegidos por un reglamento.
Presidenta Ana María Romero
Los taurinos no querían ser tratados como delincuentes. Nada que pareciera casposo, y propiciaron subir a los palcos, a sus amigos y amigas. Sostengo que un aficionado presidente puede llegar a ser muy buen presidente, pero le falta algo muy importante que es estar revestido de la autoridad suficiente y bastante para en un momento dado tomar una decisión crítica y ordenar a sus subordinados del callejón, que sí son policías, ejecutar sus ordenes que podrían entrar en contradicción con el objeto cuestionado. En el reglamento falta regulación de procedimiento respecto a ciertas decisiones, que tuviera que tomar un presidente, extra taurinas.
Sin embargo lo anterior al presidente se le mide no tanto por la dirección de la corrida, como por la brega con los taurinos en los corrales. Es ahí donde se ve si un presidente tiene autoridad. Cuando haya que enfrentarse al empresario, al ganadero y a los apoderados porque la corrida sea impresentable.
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