Empanado, de Victoriano del Río, 103 en los costillares, de 558 kilos, de cinco años y diez meses. Ovacionado al arrastre, después de que Víctor Hernández lo matara y lo deshonrara.
NOTAS A UNA CORRIDA DE VIENTO Y AGUA.
Había alerta meteorológica por tormentas, pero ya se sabe que el mundo del toro es todo poderoso y la plaza de la Ventas un bastión contra los vientos.
Es tradicional que en esta corrida aparezca el jefe del estado, y ayer el Borbón no apareció, de manera que se tocó la Marcha Real, vulgo himno de España, en honor a la presidenta de la comunidad de Madrid, y próxima presidenta de España con el permiso de los mastuerzos mandamases del PP, y de los españoles, claro.
Nota al margen: cuando yo sea presidente de la República Popular de España, mandaré cambiar el himno nacional, no por el de Riego, que suena un tanto melifluo, no, lo cambiaré por ese colosal himno, tributo al toreo, aunque lleve el nombre de Manolete. Pues ese será el himno.
Ambel Posada pegó un petardo en las banderillas al primer toro, se ve que viajar desde Marbella a Madrid, no le sentó bien, igual que no le sentaría bien, cambiar del torito desmochado de Marbella al bien criado toro de Victoriano del Río.
Este primer toro cumplió en los dos primeros tercios y tuvo embestidas francas aunque cortas y a media altura, el de la mano negra, se llama Talavante, no quiso verlo y le pegó una estocada caída con derrame.
Toda la corrida de Victoriano del Río estuvo bien presentada, una de las más parejas, sino la única, de todo lo que llevamos visto hasta el momento en Madrid. Brava en distintas fases, con casta, fiereza y manejabilidad. Una gran corrida de toros.
El viento y la lluvia tormentosa estuvo presente en la segunda mitad del encierro y eso mediatizó el toreo, claro que en la primera mitad el viento, o no, y sobre todo la impericia torera, también estuvo presente.
El segundo toro cumplió en los primeros tercios y llegó a la muleta sin clase, tardo y rajándose. Roca Rey anduvo porfión y dio bajonazo, siendo avisado. En realidad todos los avisos llegaron tarde, casi como en toda la feria de San Isidro. Primera consideración en este toro; quitó Victor Hernández y le replicó Roca Rey, ambos con trapazos capote a la espalda. Ninguno de los dos por verónicas que es la suerte que se debe realizar para demostrar quién sabe torear, y torear bien. Segunda consideración; Rey inició la faena en el centro del ruedo, de rodillas, con un toro muy tardo, lo que le confirió un momento de tensión y aburrimiento que se tapó con la valentía incuestionable del peruano, pero advierto, ser valiente en connatural al torero, pero ser valiente, no es el toreo.
El tercer toro, ovacionado al arrastre, fue bravo en el caballo y esperó en banderillas. Toro encastado, fiero, bravo, pronto y noble. Víctor Hernández en medio de un vendaval anduvo centrado, ligando muletazos, muy ordenado en su trasteo. Mató de media, recibió dos avisos, y se fue al centro del ruedo a esperar a que apuntillaran al toro. No señor Hernández, no aprenda usted las cosas irrespetuosas que le enseñe su apoderado o cualquier otro medrador. El torero debe estar siempre junto al toro, que ha sido su oponente en la lidia, y le debe el respeto de estar junto a él en el último trance de su fatal muerte. Después, con respeto, y consideración debida, salude al público, o al susun corda.
En el cuarto toro apareció la lluvia torrencial y Talavante pareció estar en su salsa. Se le notaba fresco y húmedo, jovial y contentísimo, con esa sonrisa de raro paisano en la capital, y si, anduvo profesional el extremeño y decidido entre tanto charco aunque no se confió en la suerte suprema. Tres pinchazos, un golletazo y tres descabellos tras de aviso, fue su balance ante un buen toro de del Río que cumplió en los dos primero tercios, que fue bueno, manejable y con nobleza en la franela, varias franelas, que tuvo que usar el torero.
Seguía lloviendo en el quinto del encierro, encastado, interesante, bueno, al que Roca Rey enjaretó naturales buenos, algunos redondos también buenos y otros menos buenos, pero pinchó, fue avisado, volvió a pinchar y dio estocada baja y larga agonía para el toro, cosa que debe evitarse y reglamentarse de inmediato para evitar crueldad en la fiesta.
Y salió el sexto para cerrar una Beneficencia de ensueño para el ganadero. Bravo el toro, con galope en banderillas. Con casta. Exigiendo al torero, Víctor Hernández, colocación y mando, pero no en demasiados muletazos, medidos contados y con pureza. Y allí estaba este torero madrileño que anda buscando su personalidad, que ahora transita entre la valentía de un Jaime Ostos (del que nadie le habrán hablado) y el estoicismo de José Tomás. Crecido el chaval. Entregado. Queriendo ensamblarse en ese concepto ortodoxo del toreo que tan pocos practican hoy. Bajonado tras aviso.
Ni una oreja, ni una vuelta al ruedo, para tan buena corrida de Victoriano del Río. La torería debería hacerse mirar esto.
¡Aquí paz y allí gloria!









