Yo, que he seguido toda la trayectoria de Diego Ventura, que cuando le he tenido que decir que no, era que no, o si, y era que si, o importante, o merecedor, o desmerecedor, me alegro que después de tantos años entre en el libro de la historia del toreo a caballo como el conseguidor de veinte puertas grandes en las Ventas. Dicho esto vuelvo a reiterar que si el público de las corridas de rejones madrileñas, fuera más entendido en caballos, o por profesionales que fueran, o aficionados a montar en tan noble animal, hubiera habido muchas menos puertas grandes en esta plaza, ya que se supone es tan exigente, porque lo que si es, ahora y siempre, es muy festiva cuando aparecen los rejoneadores. Dicho esto también, diré, que Diego Ventura, y esto ya lo dije en vida activa de Pablo Hermoso, tiene la mejor cuadra de caballos de rejoneo del mundo. Los más preparados, los más valientes y los más toreros. Un ejemplo de ello es el caballo Quitasueño, un tordo rodao, lusitano, con valor, con temple y confiado. En la cara del toro, a dos metros, permanece impávido, nada de nervios, solo esperando el movimiento del toro, o la orden de su jinete, tanta serenidad no he visto nunca jamás en un caballo.
Lo sacó Ventura en el segundo toro de la tarde y se le jugó con él en dos batidas perfectas. Clavando al estribo y templando las embestidas con Quirico, con el que además en los cites lo exhibe en perfectas levantadas. Tuvo Ventura una actuación muy centrada pero que marró con el de muerte.
El toro mejor presentado y de juego más completo fuer el quinto al que le cortó las dos orejas, tras un pinchazo y un rejonazo caído. Madrid es Madrid, y la puerta grande podía haber esperado un año más. La actuación mejor que la primera, en banderillas, bien preparadas antes de la ejecución, clavando ajustado, toreando con la grupa de los caballos. Y muy entonado, como él dice (porque no tiene abuela) como corresponde a una figura del toreo.
Aunque no tuvo suerte con los aceros de matar, Rui Fernandes me gustó especialmente porque sus dos actuaciones fueron de una ortodoxia de cátedra, correcto en las montas, elegante en el trato a las caballerías, en la concepción de las faenas y en la elección de terrenos para ejecutar las suertes. Con el primer toro no hubo demasiado ajuste porque fue menos colaborador. Tanto en su primer toro como en el segundo, la forma de preparar los rejones de castigo fueron masterclass de rejoneo y monta. Luego en el cuarto con Quito, la limpieza y la elegancia fueron exquisitas.
No creo que fuera justa la concesión de la oreja del tercero a Lea Vicens porque mató con ventaja. A toro parado, sabiendo que no iba a hacer por la cabalgadura puso rejón que pinchó y sin sacar, retranqueó tres veces más hasta que lo metió. Fuera de eso los rejones de castigo los puso sin alharacas. Las primeras banderillas sin espectacularidad y algún desajuste, pero con Diluvio estuvo ortodoxa, aseada, y aunque no rotunda suficiente.
En el sexto estuvo en la misma línea, más ajustada en las banderillas con Aladín, y suficiente en general. Lo pinchó.
Los toros de la ganadería de María Guiomar, procedencia Murube, desigualmente presentados, manejables en distintos grados y algunos desmochados, mas que despuntados como el primero.
¡Aquí paz y allí gloria!








