28 mayo 2007

UN TORERO Y UN BADULAQUE

En el ya lejano mes de abril de 2001 escribí un artículo que, a modo de introito, reproduzco a continuación:

"COMPETENCIA O COMPLACENCIA.-
Un torero, cualquier torero, sabe muy bien que no siempre es cierto el dicho de: "querer es poder". Un torero, cualquier torero, conoce como nadie sus propias limitaciones, la fuerza de su ánimo y el poder de sus recursos para lograr las ambiciones artísticas o profesionales anheladas. Tales ambiciones son, en parte, comunes a todos ellos, pero sólo en parte.
Todos los toreros aprenden muy pronto que la mejor forma de vencer al toro es vencerse antes a sí mismos; a controlar y domeñar sus enemigos familiares, a saber: el mundo de sus ignorancias, el demonio de sus miedos y la fuerza de sus carnes, por decirlo de forma alegórica y en honor del antidiluviano catecismo del padre Ripalda.
Algunos toreros, muy pocos, no tienen más anhelo que la perfección imposible de su arte exquisito; les obsesiona conseguir la impecable expresión plástica de su sentimiento torero y no compiten más que con ellos mismos; su ambición es máxima, pero hacia dentro; son intensos pero no extensos; cuando están bien, son únicos; cuando están mal, son los peores.
De estos artistas geniales, empezando por Rafael el Gallo, hay cumplidos ejemplos en la historia del toreo y viene aquí a cuento recordar esta anécdota de uno de ellos: Cuando Carlos Arruza comenzó a torear en España, en los años cuarenta del pasado siglo, coincidió en un cartel con Manolete y Pepe Luís Vázquez, creo que en la Plaza de Santander. Aquella tarde fue gloriosa para el matador sevillano y embrujó a todo el mundo con su arte inigualable. Al ver Manolete la cara de asombro y desasosiego de su compañero mejicano, le dijo: "No te preocupes, hombre, que esto sólo lo hace muy de tarde en tarde, porque si no fuese así, ya nos habría retirado a todos".
Otros toreros, la mayoría, sueñan con ser figuras máximas del toreo, pero a su ambición no le acompañan las facultades ni los conocimientos necesarios y se quedan en la mediocridad y el olvido; sólo escasísimos lidiadores tienen las extraordinarias condiciones requeridas para constituirse en figuras trascendentales de la tauromaquia, y de éstos que pueden, sólo unos pocos lo quieren de verdad y están dispuestos a mandar en el toreo, a entablar la máxima competencia y rivalidad, no con el conjunto general de sus compañeros, sino con el más destacado de ellos que, en realidad, es el único que amenaza con arrebatarles el cetro.
Surge entonces la competencia en el toreo, competencia auténtica y que puede contabilizarse en la historia de la tauromaquia con menos de los dedos que tiene una mano. Aquí se ubican las figuras de época, las que pueden y quieren, los toreros extensos e intensos a la vez. Y la afición, que no es tonta, los descubre en seguida y les demanda esa competencia.
Una vez más, el maestro Corrochano ilumina la cuestión cuando dice: "Las competencias entre toreros no son arbitrarias, ni preparadas, ni convenidas. Su origen es popular, espontáneo, apasionado el plebiscito, ruidosa la discusión, el desacuerdo equilibrado. La competencia nace en el ruedo, crece en el tendido, se desarrolla en la calle, en el café, en la casa, y vive en los carteles y en las taquillas de las plazas de toros. Pero que nadie la busque, que no la encontrará".
Ante estas palabras sólo resta decir amén.
Pues bien, hoy día los aficionados esperan lo mejor de un torero llamado José Tomás. Su extremada pasión, pureza y entrega ante el toro producen la conmoción más honda en el espectador, estremeciéndole la piel en un escalofrío de emoción y belleza.
La afición conoce también a otro torero llamado Julián López, el Juli, a la que asombra por su ambición, inteligencia, valor, alegría y variedad. Mientras que José Tomás nos conmueve con su intensidad, el Juli nos deslumbra con su extensa y preclara variedad.
La afición, por tanto, sabe que estos dos toreros pueden, si quieren. La expectación y los resultados de las corridas del domingo de Resurrección en Sevilla, el pasado día 15, y la del domingo siguiente, 22, en Barcelona, son la demostración palpable de todo lo dicho.
Estos dos pueden, pero parece que no quieren, y las escaramuzas de sus representantes en los despachos taurinos van buscando, más que otra cosa, el evitarse el uno al otro al objeto de coincidir en cuantos menos carteles puedan. Pueden pero no quieren: seria una lástima y la pérdida de una ocasión histórica, dicho sea desde mi óptica de casi medio siglo de aficionado a los toros.
Tan lastimosa sería esta ocasión perdida, que no se me ocurre otra cosa que sugerirle a los dos toreros el epitafio para su tumba cuando, eso sí, fallezcan dentro de cien años; es el mismo epitafio que un guasón se colocó a sí mismo, y dice: "Cuando pude, no quise; ahora, quiero y no puedo".
Así que la cosa está clara: o competencia o complacencia."

El paso de los años ha demostrado que el Juli y Tomás no fueron la pareja que pudieron y debieron ser, pero no invalida para nada el fondo de la cuestión: el toreo es una competencia hacia dentro y hacia fuera: hacia dentro con uno mismo, y hacia fuera con el más significativo o, en el peor de los casos, con el resto de los coletudos.
Pero nada más. El torero no tiene, no debería tener por qué vencer otras dificultades supletorias y espurias que a veces se le imponen de forma injusta.
Las más comunes de estas barreras bastardas son las zancadillas, cortapisas y refriegas de despacho que padecen algunos toreros, y la incomprensión y el rechazo de un público sensible a argumentos ajenos o extraños a los méritos toreros o profesionales que soportan otros. Lo primero suele acontecerle a toreros modestos, y lo segundo a las figuras del toreo, aunque siempre hay excepciones.
Desde hace años, Julián López, El Juli, venía padeciendo lo segundo con la Plaza de Madrid. El público venteño siempre se mostró remiso a reconocer los méritos artísticos de Julián y le ha venido regateando, pesando, y a veces escamoteando, cada aplauso y cada oreja que el matador ha logrado arrancar como matador de toros, porque de novillero se le entregaron sin reservas.
Sin embargo, el pasado miércoles, día 23 de mayo, el panorama cambió por completo y la Plaza de las Ventas se rindió con ardor y entusiasmo ante la magnífica actuación del torero en su primer toro.
Y la Plaza de las Ventas acertó de pleno porque, ante un toro noble, con las fuerzas justas y no exento de bravura, el Juli lo lidió rozando la perfección –vio al toro de salida, economizó capotazos, midió el castigo, lo toreó de capa con justeza y buen gusto, escogió los terrenos adecuados y dirigió personal e impecablemente la actuación de la cuadrilla- y lo toreó como pocas veces se ve torear, sobre todo con la muleta.
Con la muleta fue ella, porque el Juli se abandonó, se ensimismó y expresó sus mejores y más profundas emociones toreras. Naturales y derechazos desgarrados, hondos y eternos, el cuerpo relajado y abandonado, los riñones metidos hacia dentro; profundidad, largueza, hondura, elegancia y ligazón coincidieron y se dieron cita en esta gran faena de factura, concepción y realización irreprochables.
Para colmo -para culminar, que de eso se trataba- alcanzó la cima con una gran estocada, presidida por la verdad y el valor. ¿Qué más se puede pedir?. Nada.
Como es lógico, y por primera vez, ese Juli que se olvidó hasta de sí mismo para que todos nos sintiésemos él, fue aclamado por todo el público –treinta o cuarenta desnortados recalcitrantes pudieron ser la excepción-, que solicitó enfervorizadamente la concesión de las dos orejas para el matador.
Fue entonces cuando apareció el badulaque: un presidente del festejo que pecó de inepto, cuando menos; un presidente tan ignorante –no quiero pensar otra cosa- que ni el Reglamento conoce o no quiere conocer, lacra que, por cierto, afecta a no pocos profesionales, críticos y autodenominados "selectos aficionados".
Digo esto porque, en los comentarios recogidos tras el bochornoso espectáculo de la denegación del trofeo, muchas personas decían no comprender la actitud del presidente y le acusaban de falta de sensibilidad y de un rigorismo innecesario en la aplicación del Reglamento, cuando el fondo del problema, y por eso es mucho más grave, está en que el presidente se ciscó en el Reglamento y se lo pasó por el arco del triunfo.
El Reglamento taurino deja a criterio del presidente la concesión de la segunda oreja, pero le exige que valore y tenga en cuenta los siguientes requisitos o condiciones: la petición mayoritaria del público –prácticamente unánime y absoluta- la condición o calidad de la res –buena, con un torero que estuvo por encima de ella y la exprimió hasta el fin; en otras manos es dudoso que hubiera lucido tanto-, la buena dirección de la lidia en los tres tercios –casi perfecta por no decir perfecta-, la faena realizada con capote –ajustada y con empaque-, muleta –extraordinaria- y, fundamentalmente, la estocada –magnifica de ejecución y resultado-.
Entonces, ¿dónde está el problema?: en las badulacadas del presidente, claro.
Y es que no hay excusas, ni con el Reglamento ni con el sentido común, porque en el palco presidencial, aparte de los veinticuatro mil espectadores que lo solicitaban, se sentaba un asesor taurino que, seguro, estaba de acuerdo con la petición.
¿Qué pasa aquí, entonces?. Pasa que, con este tema de los presidentes taurinos, se está jugando estúpidamente hace mucho tiempo, porque en Madrid –hoy no quiero hablar de otras plazas- los presidentes son policías –"profesionales", como le gusta decir a mi buen amigo Agustín Hervás-, pero también se juguetea y enreda con su designación y nombramiento, hasta el punto de que sé y me consta que varios presidentes de las Ventas han actuado cuando hacía menos de media hora que habían visto un pitón por primera vez en su vida –todavía recuerdo a un famoso y atildado "pollo pera", más docto en relaciones públicas que en tauromaquia-, como también me consta que cesaron a otros que casi habían sido paridos por una vaca. ¿Se acuerdan de Marcelino Moronta, Luís Espadas o Paco González?.
Vaya por delante reconocer la dificultad y complejidad que entraña la labor del palco presidencial, y que son muchos más los casos en que los presidentes taurinos pecan por exceso que por defecto, siendo innumerables las ocasiones en que prodigan generosamente orejas y orejas devaluadas, pero esto no puede ser nunca excusa para una actuación tan injusta y arbitraria como la que comentamos.
Los derechos de un torero son sagrados: su dinero y su esfuerzo merecen todo el respeto porque se juegan la vida. Sus legítimos triunfos no se les pueden escamotear desde una presidencia, y tampoco el público debería hacerlo.
Por tanto, los responsables de la designación de los presidentes –policías o no policías- deben tentarse la ropa antes de nombrar a ningún inepto, ignorante o tendencioso, por muy simpático, gracioso o afín que pueda parecerles. Aquí no se buscan amigos sino gente versada en lo taurino, con criterio claro y formado. Nada más. Da igual que sean guapos o feos, antipáticos o zalameros, Comisarios, Inspectores o fontaneros y farmacéuticos aficionados particulares.
Lo único preciso es que sepan, quieran y puedan. Que sepan y conozcan el Reglamento y el arte de torear, que no es una batalla de gladiadores ni un ballet cursi y afectado; que quieran y estén dispuestos a mantener los criterios objetivos defensores de la Fiesta y no los interesados de frívolos, tremendistas o taurinitos; y que puedan y sean capaces de aguantar los arremetidas y embates en contra de los tontos y los malvados
Casi nada: competentes y no complacientes.

Almería, 27 de mayo de 2007.

José García Sánchez.

1 comentario:

Anónimo dijo...

!SI SEÑOR!
El quinto hombre