La corrida de rejones de la feria del 150 aniversario de La Malagueta la ha salvado Diego Ventura.
Los toros de los Espartales, desigualmente presentados, grandes y gordos algunos, otros más chicos, dieron un juego variado, desde el parado primero, a los buenos tercero y cuarto. Casi todos se pararon al final de las faenas. El cuarto fue sobrero de la misma ganadería, manejable pero a menos.
• RUI FERNANDES, silencio y vuelta al ruedo tras petición. Estuvo opaco en su primero, quizás motivado por la fuerte cogida de su caballo El Dorado, en banderillas, que necesitó de operación en la misma plaza. El caballero portugués descubrió la cabalgadura en un arreón de manso del primer toro y lo cogió de gravedad. En el cuarto estuvo aseado dentro de su clasicismo imperante.
• DIEGO VENTURA, silencio y dos orejas con petición de rabo. Tras su actuación en el segundo toro, bastante digna pero no bien colofonada con los aceros de muerte, llegó al quinto con el coraje y la rabia premonitoria de este ya veterano rejoneador, que ante el parado toro, hizo un ejercicio de doma, pero no para la estética de la equitación, sino para la templanza del toreo, que supo administrar y ejecutar, dando una lección magistral de rejoneo.
• FERRER MARTÍN, vuelta al ruedo por su cara bonita, que nadie le pidió, y ovación. Este rejoneador de la tierra nos recordó porqué en otro tiempo, a estas corridas de toros se las llamaba las del número del caballito. Los caballos faltos de doma, casi todos con gamarra, iban y venían a golpe de espuela de un lugar a otro de la plaza. A la altura, a la que está hoy en día el rejoneo, este tipo de manera de rejonear no tiene cabida. Deberían darle una vuelta los mentores de Ferrer, y él mismo.
¡Aquí paz y allí gloria!


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