En los tiempos que corren, que un matador de toros se abra de capote y cree arte y belleza, en la primera plaza del mundo, es ya una novedad y un triunfo exquisito. Novedad, porque la vulgaridad imperante se zafa en las chicuelinas, en los lances de alivio, en dejar pasar aquello. Triunfo, porque el buen toreo de "pata palante" ofreciendo las femorales a los pitones se ve muy escasamente. El tiempo no acompañó, diluvió sobre las Ventas, y la espada tampoco, pinchó los dos toros, pues de haber sido así, hoy hubiéramos estado escribiendo de puerta grande. El festejo estuvo parado treinta minutos, mas o menos, por el fuerte aguacero. Pero hubo toreo puro de Urdiales. Los madrileños se entregaron a las verónicas del riojano y a los naturales.
Los toros de Alcurrucén, bien presentados, ofrecieron desigual juego pero en sus evoluciones se vio la casta de la sangre Núñez. El primero terminó desfondado. Segundo sin clase. Tercero peligroso, cogió feamente a Parejo en dos ocasiones. Cuarto deslucido. Quinto rajado. Sexto soso.
A Fortes se le silenciaron sus dos trasteos. No tuvo toros. El malagueño anduvo firme y pegándose arrimones para levantar la atonía imperante. Mal con las espada.
Christian Parejo que sustituía a Mario Navas por lesión en la clavícula, resultó cogido por el primero de su lote y volviendo a la cara del toro lo mató y recibió una fuerte ovación. Valor, mucho valor derrochó este chaval. Que se escapó de le enfermería para matar al sexto con un torniquete, pero pechó con el toro más malo del encierro. Voluntad, mucha voluntad el de Chiclana.


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