David Galván con un toro de Victorino
Liturgia del Cante y la Arena
En la plaza del alba, la sangre se hace canto
y el aire se estremece con un temblor antiguo.
La guitarra, en su pena, deshace el desencanto
mientras el toro avanza con su fulgor de trigo.
El torero, en su pulso, sostiene el manto santo
y al duende que lo habita le ofrece su castigo.
La tarde, en su latido, se vuelve rojo y blanco
y el miedo se arrodilla, rendido ante el prodigio.
La arena es un tablao donde el valor se enciende
y el compás de la vida se quiebra en su frontera.
El capote, en su vuelo, la sombra al sol sorprende
y el cante se desgarra buscando otra manera.
Así, cante y capote se abrazan cuando asciende
la gloria que en dos artes se funde, verdadera.


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