19 enero 2009

LA MULETA MÁGICA

Pintura de Christian Gaillard

La muleta mágica – Guillermo Domínguez Torres. Primer premio en el certamen literario "Felix Antonio González" de Ideas Taurinas 2008.

“Quien a questa franela tuviere en las suyas manos, téngase fortunado por la gracia que le será conferida, à orden e voluntad del Dios de Castiella, Toledo, Cordoua et cuantas tierras e mares d’aqueste mundo cristiano facen parte del suyo buen recaudo; muleta mágica questa est, pues sin pechar caudal alguno, ni de maravedís ni de reales, faciere aparecer al merino-abbat mayor del toreo, ante qui con ella diere dous pases de natural, per otorgarle trée gentilezas que el dicho genio explicare.”
Así rezaban las letras bordadas en ajado terciopelo sobre aquella muleta mágica que me dio la posibilidad de vivir la historia que me dispongo a contarles. Sueños reales que a algunos les parecerán cuento de locos; pero también loco está Quintero y tantos otros hombres talentosos. Yo tenía 14 años por entonces. Era todavía un niño, y aquello no hizo más que multiplicar mi ilusión; me conformaría entonces con que al menos un niño me creyera, y despertara en él esa misma ilusión. ¡Aunque fuera una mijita como dicen por el sur! Me conformaría con que los niños me creyeran, amparados en su inocencia, su ingenuidad, su candor…
Era una mañana de invierno, y yo iba a probar suerte en un tentadero. Uno más, porque yo era maletilla, o por mejor decir, aficionado práctico. Desde los diez años ya era yo aficionado gracias a mi padre, que me llevó a ver a Espartaco en Valladolid con aquél diluvio, bajo el que logró un histórico triunfo. Pero yo no era demasiado valiente; no lo suficiente como para haber sido torero. Probé suerte en la escuela de Rioseco, con el maestro Santiago Castro “Luguillano”. Pero yo no me atrevía a ponerme delante más que de una becerra que no pasara de añoja. Al campo iba mucho con mi amigo Emilio Casares (hijo), y de vez en cuando tenía mis oportunidades para matar el gusanillo de esa afición apasionada, pero cobarde. ¡Cómo me hubiera gustado ser valiente, y haber sido torero!
Una mañana de abril íbamos a una finca, a una ganadería charra, de cuyo nombre no quiero acordarme. Y en la entrada, en una estaca del cercado, vi aquella muleta apoyada, como tirada. Parecía tener algo escrito y me llamó la atención. Le dije a Emilio que parara el coche y bajé por ella. Al cogerla pude leer lo que ponía, en castellano antiguo; al principio se lo describía. Y como hablaba de un genio divino, mágico, o lo que sea, pensé que mejor sería no decir nada, no fuera que alguien me la quitara en aquél tentadero al que nos habían invitado. La eché al maletero del coche, doblada en cucurucho, y me pegué toda la jornada deseando llegar a casa para encerrarme en la habitación y mirar a ver qué misterio escondía aquella franela que parecía impoluta. Ya ni quise torear en aquella tienta de lo nervioso que me encontraba. Ni atendí a la labor de una figura que también estaba allí.
Cuando volví a casa fue cuando hice lo que el bordado mandaba. De salón di dos naturales…y ¡sí! ¡era mágica! Apareció ante mí una especie de fantasma. Pero aquél fantasma tenía arte, porque iba vestido con traje de luces, aunque de los de la antigua usanza, de oro viejo y hombreras anchas; y ésto fue lo que me dijo: __ Soy uno de los Maestres del Arte que del cielo estamos enviados. Concedemos deseos por toda la tierra, y ésta vez a ti te ha tocado. A mí el toreo me ha sido encomendado. Algunos me llaman “duende” en momentos en que me plazco en visitar a algún torero y dotarle con eso que ustedes llaman “inspiración”. Ahora estoy aquí porque la muleta mágica esta vez ha caído en tus manos. Podrás elegir tres viajes a cualquier lugar y cualquier momento de la historia del toreo. Cada uno durará veinticuatro horas. Tras el último, tú decidirás donde dejar la muleta para que otro pueda recibir mis beneplácitos. Ahora elige a dónde quieres hacer tu primer viaje, y a qué momento, y yo te llevaré allí y te esperaré para traerte de vuelta. Dime, ¿dónde irás en esta primera ocasión?
Me quedé perplejo, paralizado, extasiado. No me podía creer lo que estaba viendo, pero tampoco perdía nada por hacerlo. Me surgieron un montón de dudas pero todas me las contesté sin meditarlo. <>, me decía titubeante, ansioso, desconcertado. Y yo que soy más de toreros artistas, que ahora soy de Morante, pensé primero en conocer a Belmonte. “¡A Belmonte!” le dije. “Llévame a ver a Belmonte, pero al campo, que a mí me gusta el campo y dicen que allí Belmonte mostraba al mundo toda su intimidad”.
Cerré los ojos, los apreté fuerte, esperando aquél milagro al abrirlos. Y allí estaba, en una tasca de Triana, a fecha 8 de junio de 1917. Lo supe porque pude ver la fecha en El Imparcial que había sobre la bruñida barra de aquella garita. Los que allí estaban no parecían sobresaltados, como si no me hubieran visto llegar, o aparecer. Así que pregunté a un gitanillo que se encontraba a mi lado: __ Disculpe, ¿usted conoce a Belmonte? __ ¿Que si lo conozco? pero hijo… ¿y tú qué haces con esa ayuda de la mano?
El gitano me preguntaba porque en la mano llevaba una ayuda de madera que me había hecho mi tío Esteban por mi Primera Comunión; fue lo único que me dio tiempo a agarrar antes del fantástico viaje. Le dije a aquél hombre que no sabía realmente como había llegado allí, pero que quería conocer a Belmonte, y que yo toreaba becerras en mi tierra, en Castilla. El gitano me dijo entonces "vente", y me llevó por aquella Sevilla, más bonita incluso de lo que la había imaginado, y que aquella mañana estaba todavía despertando dibujada con tonos antiguos y primaverales. Me llevó a la Puerta del Arenal, detrás de la Maestranza, a los Almacenes Contreras, que debían ser de un amigo suyo. Había mostradores enormes de madera de caoba y relucientemente barnizados de ebanista, y telas de todos los colores. Y allí me presentó al dueño, que me regaló un paño recortado y me dijo -toma-,. Aquél Cararriche resultó ser sobrino de Parrita de Triana y luego sería mozo de Manolo González. Y se debía enterar de todos los tentaderos de la zona. Me montó en su caballo, que me contó que lo había robado un día que fue a Dos Hermanas a ayudar de vaquero en una finca. Qué gracia tenía y cómo disimulaba su truhanería. No paró de cantar flamenco con una profundidad que nunca había escuchado. Y en cosa de media hora llegamos a Gómez Cardeña, la finca de Juan Belmonte. No podía creerlo, pero seguía sin perder nada por hacerlo. Allí estaba El Pasmo, con todo preparado. Iban a hacer acoso y derribo y a tentar a campo abierto. Cararriche me presentó a todos los que allí estaban; a Juan, al Marqués de Villabrágima que era el que iba a hacer la collera, a Benito Villamarín, el presidente del Betis, y a Juan Lara, que rápidamente recordé quién era, el pintor del Puerto, del Puerto de Santa María. Lo identifiqué porque de allí es mi abuelo, que le conoció en los astilleros, y me había contado cosas de él; que el toreo había perdido un torero a cambio de un pintor, decía. ¡Cuántas cosas me ha contado mi abuelo de la tacita de plata!
Pero allí estaba “El Pasmo de Triana”, el mismo del retratillo que yo había comprado un día para la bodega de mi padre en el mercadillo de Fuente Dorada que se monta los domingos. Me encantaría describirles cuanto vino después. Pero las palabras se me atascan. Lo del acoso fue una maravilla, como lo era la manera del trianero de esgrimir la garrocha y de montar y galopar, a pesar de su físico. Y no les digo ya nada de su toreo. Imagínense, eleven cuanto puedan lo que dicen las crónicas y los libros, y pónganlo a campo abierto. Yo allí, escondido detrás de un olivo. Y Juan Belmonte venga a torear una, y otra, y otra, y así con un almuerzo-merienda de por medio hasta que cayó la noche. Qué toreo tan distinto, tan íntimo, tan puro, tan reposado pero fugaz, tan delicado…venga a desprender esencias que superaban incluso las que traía el viento del Guadalquivir y las de los crisantemos que Juan tenía plantados allí en un jardín. Estuve horas con el bello de punta. Y lo mejor, sublime para mis emociones, fue que incluso pude torear. Primeo lo hizo el Cararriche. No paró de pedírselo a Juan. Y Juan le decía: __ A esta no hijo, que ya la he sacado yo “toíto”. Espera que salga una con poquita fuerza o con menos cara, que no quiero desgracias en mi casa y si vienen que me vengan a mí.
Y al final sacó una de esas; “bailarina”, berrendita, añojita, ya de las últimas que quedaban apartadas para ese día. Se plantó con ella aquél gitano, pero duró menos que nada porque le tropezó y le lastimó en el hombro y en el cuello. Me miró a mi entonces y me dijo -ale-, y yo al principio no reaccionaba. Luego cogí mi paño, una rama de estaquillador y la ayuda de mi tío. No podía perder una oportunidad así. Me fui primero hacia donde estaba don Benito, que estaba más al cante de una tal “Marujita de la guita” que también andaba allí. Llamé su atención y le brindé mi faena: -porque-. Así le dije, y así gritaron ¡ole! Belmonte, Villabrágima y cuantos allí estaban. Luego comencé a torear, haciéndolo con la verdad del corazón, que es la que a mí me mueve y en aquél momento me movía más que nunca. No debí hacerlo mal, porque ya en uno de los últimos muletazos un invitado del trianero me preguntó dónde había aprendido a torear conque a ellos les debió sorprender, claro, aun sólo por mi humilde y somera instrucción de técnica “futurista”. __ De Castilla vengo, dije. Y entreno con “Luguillano” y “El Legionario”. __ ¿Y esos quiénes son muchacho? replicaron.
-claro,- pensé; porque la saga comenzó llegando a los años cincuenta. Asique les dije simplemente que era uno de los hermanos de un linaje de Castilla que daría futuros toreros importantes, sobretodo Santiago, mi maestro. Y les hablé un poco también del Legionario. Porque seguro les iba a parecer peculiar. Un personaje con el que entrenaba yo en Las Moreras, porque en Valladolid no hay escuela, y no siempre me podían llevar a Rioseco. Por las tardes iba yo cuando salía del colegio en la Huerta del Rey a Las Moreras y hacía ejercicio con ese loco. Era amigo del Catarro, el guardián del Pisuerga. Había sido brigada en la Legión, pero le hubiera gustado ser torero. Con él corría y hacía ejercicio por la ribera, y me imponía una rutina casi militar, como si estuviera en el tercio. Y a mí me encantaba porque me hubiera gustado hacer la mili por las historias que me ha contado mi primo Antonio, que la hizo en Capitanía, en San Pablo, y siempre me ha dicho que allí aprendió la vida; -a- me dice ahora. Luego toreábamos de salón juntos, aunque casi era yo quien le enseñaba a ese entrañable militar retirado.
En fin, así fue haciéndose tarde en Gómez Cardeña. Poco a poco los invitados de Belmonte se fueron yendo hasta que se hizo totalmente de noche, y cuando ya sólo quedaba Juan y algún familiar suyo, Cararriche y yo dimos las gracias y nos despedimos. ¡Menuda triquiñuela! pues realmente nos escondimos entre unas chumberas que tenía la finca; porque el gitano me dijo que si nos esperábamos veríamos a Belmonte torear bajo la luna, ¡Belmonte bajo la luna!
Nos tiramos casi cuatro horas esperando, charlando. Yo escuchaba las historias de aquél gitano, los cambalaches que decía hacer a diario. Y de vez en cuando cantábamos. Él cantaba y yo palmeaba, por alegrías y otros palos. Y de madrugada vimos a Belmonte que se acercaba por el camino en su jaca, y rápido nos montamos en el jamelgo de mi amigo calé y le seguimos. Le seguimos con un trote alegre, calculo que unos diez kilómetros, atravesando un terreno marismeño, perfumado de romero, hasta llegar a la finca de Joaquín Buendía. Allí se bajó El Pasmo de su caballo, saltó una cerca donde había un eral separado de la camada y comenzó a torearlo, junto a un riachuelo en el que el intenso reflejo de Doña Catalina iluminaba secretamente su figura. A pecho descubierto se quedó Juan, sólo con una pañoleta al cuello. No podía ser más grande, ni más utópico, ni más real, ni más romántico, ni desgraciadamente más efímero mi sueño. El santacoloma embestía con una codicia desmesurada que me hizo pasar realmente miedo. ¡Y cómo humillaba! Arrastraba el hocico que Belmonte llevaba como cosido a su capote, como lo hacen desde entonces los toreros de Triana. Aquella debía ser la bravura de antaño. ¡Cuánta plasticidad y cuánta bravura en una sola estampa! Aquello no era arte, aquello era alquimia, aquello me recordó que por allí andaría el duende, y que se iría acabando mi viaje. Allí, bajo la luna de plata, nos quedamos dormidos el gitano y yo viendo torear a Belmonte. Y al amanecer regresó el Abad del Toreo para despertarme de aquella quimera. Me despertó y me preguntó a dónde quería realizar mi segundo crucero por la historia.
Mi segundo viaje…después de aquello ya casi hasta me daba igual. Yo ya estaba vacío de sentimientos; los había dejado todos allí. [Días después El Pasmo hizo una de las mejores faenas de su vida, en Madrid, ante Gaona y Joselito, con un toro de Concha y Sierra]. Le pedí a mi benefactor unos minutos para tratar de reflexionar, si las mariposas de mi mente me dejaban. Y tras unos instantes decidí conocer las entrañas del toreo asomándome a su cuna. Al momento del paso de aquella reminiscencia bélica, aristocrática, al arte que hoy conocemos, el “arte de Cúchares”. <> dije entonces al Abad. Y de nuevo en un abrir y cerrar de ojos viajé en el espacio y en el tiempo…
Aunque por encima, había leído algo también de las tauromaquias de Paquiro y Pepe-Hillo; las había estudiado sucintamente, por su hincapié en las suertes fundamentales, que son las que ahora sustentan los festejos populares, que también me apasionan. El quiebro, el recorte, el cambio, el trascuerno, el galleo, los saltos… me hubiera gustado conocer también a ese Francisco Montes, sobre el que versa una estrofa que conservo en la memoria y se encuentra recogida en un tratado, si mal no recuerdo el de Bedoya:
Y tanta donosura y gentileza / en los quiebros, recortes y capeo / y heroico valor, tanta destreza / lo hicieron caudillo del toreo.
Pero me fié en el momento de la elección de Pepe Alameda, en cuya cátedra “El Hilo del toreo” había leído argumentos mayores a favor de Cúchares como “inventor” del más preclaro arte. Me encontré al abrir los ojos en los aledaños de la antigua plaza de Madrid, la emplazada casi bajo el arco de la Puerta de Alcalá, entera de madera, ladrillo y cal; en medio de un barullo enorme de aficionados con intención de sacar un billete para la función de la tarde. El cartel (1845) anunciaba a Francisco Arjona “Cúchares” y a José Redondo “El Chiclanero”. Pero yo no tenía dinero para comprar un boleto. Recordé entonces haber leído algo sobre una posada cercana donde se vestían los caballeros, los picadores, que gozaban del mayor protagonismo por aquél entonces. La busqué media mañana, porque recordé que al picador antes un mozo le llevaba del caballo sujetándole la rienda hasta la plaza, desde la fonda, donde se les ayudaba además a liarse la faja. Encontré por fin la hospedería, Las Manuelitas se llamaba. Ayudé a uno de los picadores y lo conduje hasta la plaza, hasta la puerta oeste, por donde las cuadrillas accedían. Y la recompensa fue la que yo esperaba por aquello que recordaba haber leído; un cartón de oficio para acceder a la plaza. Entré por Contaduría, por donde los que no pagaban. Y disfruté de una tarde larga, a base de lidias prolongadas, de poco toreo de capa y sin embargo innumerables varas y equinos corneados y sacrificados. ¡Qué pintoresco aquél espectáculo!, superior a lo que había imaginado en mis ratos de lectura. Y allí pude apreciar lo que la historia auguraba….
Una linda dama gritó desde el tendido lanzando con la mano un beso: ¡Venga Chiclanero; usted que es tan galante haga alguna cosita por esta doncella! Y el Chiclanero saltó por encima del toro con una pirueta fastuosa, para de seguido sacudir su paño delante del cornúpeta, desplantándose ante él envuelto en los pliegues de su capa. Goyesca la escena, descubrió ante mí la discordancia entre el juego clásico y el verdadero toreo que comenzaba. El contraste con la receta de Cúchares, que parecía empeñado en mostrar a la gente que el toreo aun estaba carente de reglas, de normas; que las que la vieja Escuela había impuesto no se precisaban más que para saltárselas. Que el toreo tenía una enorme evolución por delante que en su toreo ya se advertía. Sin pastiches, sin parafernalias, dejando lugar a los sentimientos en lances ya no para preparar al toro para su muerte, sino para plasmar lo que cada cual pudiera abrigar en su interior. Trazos que levemente imbuían el toreo moderno que en sus pases yo ya adivinaba. Y allí comprendí aquellos términos con que Pepe Alameda sentenciaba su aportación:
Ese fue Cúchares, que con una vela a Dios y otra al diablo, y un ojo al gato y otro al garabato, que es lo que se llama tener vista, le había hechado un vistazo a doña Tauromaquia y se había muerto de la risa.
Así aconteció esta exigua parte que les describo de mi segundo viaje, cargado como el primero de imágenes costumbristas, en aquella plaza, entre aquél público enardecido. Pero aún guardaba una última oportunidad de viajar por los cauces del toreo. La tercera decisión se antojaba si cabe más complicada al enfrentarme a esa infinita baraja de destinos que la historia de la tauromaquia ha ido albergando en su memoria; la nómina de deseables todavía estaba casi intacta, aun sólo por algunas crónicas que fui recopilando desde que me inicié en esta inmensa afición. En segundos pasaron por mi mente numerosas recreaciones imaginarias de aquellas tardes que Corrochano, sobretodo, me describe susurrante cuando recupero entre mis manos una de esas vetustas páginas del ABC de antaño. ¿Cuál elegir?
¿La de Gallito y los 6 toros de Martínez (que al final fueron siete) en 1914?; Joselito, con diecinueve años, en Madrid. Crónica que cierra Don Gregorio así:
“Y ya viene el cortejo, el cortejo de los paladines. Poeta Rubén Darío, a su marcha triunfal, para ser triunfal, le falta un estrambote: los siete versos de los siete toros que ha matado Joselito”. Y que Don Modesto, en El Liberal, también irradió con tales términos:
“Cómo ha podido llegar Joselito hasta las gradas del sillón pontificio con la sonrisa en los labios, ágil, desenvuelto, como quien se acaba de tomar en tarde de caliginoso estío un buen vaso de horchata (…) Pues Joselito, sin tiara, sin corona, sin cetro, con unos chirimbolos de torear y ante catorce mil espectadores, que salieron de la plaza roncos y congestionados de tanto vociferar y aplaudir, puso cátedra de toreo intentándolo todo y haciéndolo todo bien, muy bien superiormente”
Era una posibilidad, pero ¿y la tarde de la faena de Domingo Ortega al toro “Tremendo” de Aleas en 1932? Pues de aquella guardaba también la crónica de Corrochano que tituló con un póstumo “Castilla se acuesta temprano”; posiblemente la mejor descripción literaria que haya leído nunca de una tarde de toros, de la cual no puedo traerles ahora más que algunos renglones:
“¡Si no sale aquél toro castaño!, yo tendría de esta corrida el recuerdo de aquél reloj que iba contando las horas; a quién se le ocurriría colocar un reloj en la plaza (…) ¡Si no sale aquel castaño! Pero salió, y estaba Ortega de tanda, y ahora veo que el reloj sirve para algo más que para contar el tedio. Sirve también para contar lo que dura un pase natural (…) Aunque la mano fuerte y dominadora de Ortega es la derecha, usó la izquierda de manera admirable. Hacía bambolear la muleta hasta que el filo rozaba la piel del toro y este se arrancaba a cogerla, y el torero, quieto, con un ligero quiebro del cuerpo y acompasado el brazo (temple), burlaba al toro en lo que se llama pase natural. Natural por naturalidad. (…) El toreo de Ortega tiene horizonte castellano, y ayer, delante del toro castaño, no era Ortega, era Castilla puesta en pie. Yo veía Esquivias, con su tradición Cervantina; y Borox pardo, de color de barbecho, oculto en una hondonada. Llanuras sin fin, caminos sin curvas. En Castilla no hay curvas, señor. Serenidad. No es bonito, pero es majestuoso y evocador. El toreo de Ortega tiene hombría, rectitud, carácter y temple. Es más que bonito”
Y junto a éstas, otras tardes que me vinieron a la memoria por otras tantas crónicas; la de Giraldillo sobre la faena de Manolete en el 44 a “Ratón”, de Pinto Barreiro, en la Corrida de la Prensa. O la de Bellón, en Pueblo, sobre la faena de Antonio Ordoñez en el 60 al toro de Atanasio en Madrid. Como no, también la de Cañabate acercándome a la tarde del rabo de Palomo en Las Ventas, en el 72, con el toro “Cigarrón”, también de Atanasio. Y por supuesto otras más recientes, como las de Barquerito e incluso algunas recogidas de mi mano, o de la de mi padre, como las del gran Vicente Zabala, por ejemplo una del San Isidro del 96, a cerca de la faena de Ponce a “Lironcito”, de Valdefresno, que siendo yo todavía más chiquillo no había podido presenciar. Y no digamos algunas Puertas del Príncipe, como las de Curro, de las que tanto había leído de la pluma de Antonio Burgos.
Todas ellas provocaron, con el Abad del Toreo esperando una decisión delante de mí, un fluir de sensaciones enfrentadas para elegir un tercer destino de mi viaje. Y cómo pensé que algo escaparía a mi infante conocimiento, o bien algo me dejaría en el tintero, pensé que mejor sería mencionar los nombres de algunos toreros que siendo coetáneos podrían haber coincidido alguna tarde sin yo saberlo…no siendo que puestos a vivir milagros, aquella especie de genio obrara uno último poniéndome delante de todos ellos a la par. Asique <> fue mi vacilante sugerencia. Y de nuevo, en un abrir y cerrar de ojos, el milagro se vio descollado por aquél fugaz viaje; mi tercer privilegio gracias al Abad del Toreo. No tan intenso en emociones como el primero, ni tan pintoresco respecto a apreciaciones como el que le precedía, pero sí el más recio y penetrante en su aportación a mi afición, por su cúmulo de vivencias y experiencias y el contacto con tan humanos dioses, en medio del capítulo del toreo bañado en oro de mayor número de quilates. Un periplo que no puedo más que resumirles, pero que estuvo repleto de sucesivos detalles:
1943, comencé este tercer sueño hallándome en un café…¡bilbaíno! Rápido me di cuenta escuchando un par de conversaciones. Mirando a mi alrededor, aquellas caras me sonaban. Y también aquellos nombres que entresaqué intrusamente de una charla a la que presté atención. Me sonaban de los libros de literatura e historia que en aquél entonces me ocupaban en la escuela. El café era recogido, y allí, en una esquina y entre una nube de humo de tabaco, compartían mesa (e indumentaria algunos) el mismo Jose María Pemán, Manuel Machado, Joaquín Arrarás, Luca de Tena, Gironella, un joven Camilo José Cela y dos mujeres más, Concha Espina y Carmen Laforet; inventario que pude completar cuando me incorporé al comité. ¡Sí! porque así lo hice. A esas alturas ya había perdido mi escasa timidez, después de todo aquello que llevaba vivido, y tenía claro que igual de rápido que los dos episodios anteriores se pasaría aquél también. Los autores reunidos en aquella taberna hicieron un brindis por España y por la Fiesta, y tras él consideré mi oportunidad para acercarme. Les conté brevemente lo que llevaba vivido hasta entonces y, seguramente hasta tomándome por loco, me invitaron a sentarme y compartir con ellos algunas de esas anécdotas que escuchaban con risa y cara de incredulidad y sin embargo con abundante interés. Y al final de la charla fue cuando me dijeron <>; imagínense cuál fue mi respuesta y cuán inmenso fue mi regocijo. Por la tarde había en Vistalegre un festival organizado por el Movimiento a beneficio de un hospital de adscritos de Bilbao. Y pasaron las horas hasta su comienzo, y se me hicieron como una sola, sin darme cuenta, gozando, rodeado de aquellas personalidades entre copas, cigarros y puros, me trataron como si no fuera niño, y como si de siempre me hubieran conocido. Así llegó la hora del festejo. Y así pude ver torear, allí, en directo, a Marcial Lalanda por delante, Pepe Luis Vázquez, Pepe Bienvenida y Luis Miguel Dominguín, Domingo Ortega, Manolete y un novillero, Ángel Luis, el menor de los Bienvenida que ya había revolucionado al escalafón. Con Vistalegre engalanada con toda la parafernalia para recibir al ministro secretario del partido único, el “camarada” Arrese -como le llamaban los intelectuales que me acogieron- y otros dirigentes del régimen. Tras escuchar la interpretación del Himno Nacional por la Banda Infantil de la Misericordia con la mayoría de los espectadores en pie y con el brazo en alto y con la presidencia del general Franco, al que todos los actuantes brindaron la muerte de su toro. Tarde de gloria, de tanta gloria que no cupo en las memorias de los historiadores del toreo, ni en el legado de los plumas de aquél momento. Tarde que quedó sólo para quienes pudimos disfrutarla. Para quienes vimos aquél día a aquél Manolete, que cortó las dos orejas a un ejemplar del Conde de la Corte; ponía por delante su pañosa mágica el cordobés y el cornúpeto parecía quedarse hipnotizado, embaucado ante la figura hierática de aquél diestro mandón y torero. Tarde sólo para el recuerdo de los que allí pudieron contemplar la exquisita elegancia de Pepe y Ángel Luis, heredada del Papa Negro; Pepe banderilleó de poder a poder como nunca había visto en mi tiempo, y también lo hizo al quiebro desde una silla. Y Ángel Luis mató a su enemigo con la mano izquierda al estar aquerenciado en tablas. Deslumbró su clase en los pases mirando al público, que Manolete quiso perfeccionar. Igual que me encandiló el toreo del resto de participantes, dando color a un inmenso abanico de matices; el tronío de Dominguín, el gusto de Pepe Luis…todos distintos y todos geniales.
Y así transcurrió el viaje definitivo, el último de los tres que el Abad del Toreo me había prometido, tras el cual yo deposité la muleta mágica en un lugar que no puedo revelar. Esa fue la única premisa que me marco el Abad; yo podría hablar de esta proeza, a quién quisiera se la podría contar, pero no podía revelar a nadie dónde había dejado la muleta mágica, para que sólo la encontrara alguien guiado hasta ella por el destino, y para que a lo largo de la historia se mantenga el hechizo.
Después de todo no se si ya me creen, pero me conformaría con haber despertado la ilusión con este cuento en al menos un niño. Me conformaría con que me creyera al menos un niño.

No hay comentarios: